Hitchin’ Bitches enseña a explorar diversas maneras de entender la sexualidad a través del bondage y el deseo

“Lo importante son las sensaciones” comenta Paula mientras que con firmeza tira de las cuerdas que envuelven el cuerpo de su compañera. De un lado a otro, con sensualidad y dominación, la tumba en el suelo y la levanta, acerca el rostro a su nuca y mientras expone a las mujeres presentes el juego de parejas que se realizará, la continua atando, dejándola así a merced de sus movimientos.

En el Hitchin’s Bitches (“fulanas atadoras”) que se celebra el primer jueves de cada mes en el local de la Órbita de IO, se reúnen “mujeres atadoras” con la finalidad de compartir su conocimiento sobre cuerdas en un espacio ameno y seguro, entre ellas y con todas aquellas que se quieran unir.

Entrar al local es toda una experiencia: tiene todo lo necesario para explorar de las maneras menos convencionales la sexualidad humana.

Fotos artísticas de modelos encordados, un perchero lleno de látigos de todo tipo de texturas y grosores y un armario donde abundan diversas y coloridas máscaras. La luz roja que desprenden las lámparas contrasta con las paredes blancas y negras, pero sobre todo contrastan los artefactos que tiene el local para colgar y ser colgado; desde esposas encadenadas a una pared o cruz, hasta tablas de bambú que caen del techo y donde las más expertas del grupo hacen sus exhibiciones.

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Club de Órbita de IO en Barcelona. Foto extraída de su página web.

Mientras Paula, la organizadora, explica diferentes maneras de atar; el resto de las participantes se sientan en redonda y cada una con soga en mano, siguen sus pasos.

Al otro lado de la sala, se practica el free style, una chica sin más ropa que unos largos calcetines es atada por su compañera y sujeta a una de las tablas de bambú. Cada nudo aumenta la inmovilidad y mientras más se tensa la cuerda, mayor es el placer percibido. El juego de atar y liberar denota mucha dominación y sumisión, unas funciones de poder de lo que las chicas disfrutan.

“Son las intenciones, lo que quieres transmitir ¿Qué comunicas y que sientes cuando tiras de diferentes partes de la cuerda?” señala Paula.

“Yo creo en el cambio”, responde la organizadora de Hitchin’ Bitches Barcelona cuando se habla de feminismo, deseo y BDSM. “No me dejo atar por tíos, dominos” afirma cuando se habla de cómo nuestro deseo, de manera inconsciente, sigue las mismas estructuras patriarcales del hombre por encima de la mujer.

Muchas de las mujeres participantes comparten el Bondage con sus parejas, indiferentemente de su orientación sexual.

Irene, una de las 17 participantes de la noche comenta que el gusto está tanto en la estética como en lo que te hace sentir. Asiste a su segundo taller de cuerdas pero ha sido modelo en fotografías y ha podido participar y aprender sobre algo por el momento es “lo que más le gusta”.

“Si te gusta se vuelve adictivo”, comenta, “Hay que probar de todo”.

Se escuchan pequeños gemidos y el ligero sonido de los azotes de un látigo castigando las diferentes zona de un cuerpo. La chica desnuda del otro lado de la sala ahora se encuentra suspendida, atada de pies y manos, colgando boca abajo y tensada entera entre metros de cuerda.

Se practica el estilo libre, se juega y se enseñan muchas técnicas diferentes. Predomina la actitud de los movimientos. “Esto no se podría hacer si fuera mixto, la gente no se desinhibe tanto” explica Irene y cuenta como por experiencias anteriores muchos hombres asisten con otras intensiones.

BDSM, deseo, poder y feminismo son algunas de las cuestiones comprendidas en estas prácticas. Lo que empezó con un grupo de mujeres hace 5 años en Londres, cada vez se va extendiendo  y visibilizando por más lugares. El origen de estas reuniones se halla en su causa: “Un espacio seguro para las mujeres o quienes se identifiquen con el género femenino” explican en la política de su web, “Donde lo principal sea compartir los unos con los otros”

barbara boyero
Sesión de Hitchin Bitches Madrid. Fotografía hecha por Bárbara Boyero

Primero de la espalda, una pierna y luego la otra. Haciendo nudos y colgando la cuerda al bambú, las más expertas quedan suspendidas en el aire, en lo alto; trabajando diferentes posiciones, nudo a nudo van formando una especie de arnés que las sostiene. Tumban la cabeza hacia atrás y en su cara se refleja una expresión de paz, relajación.

En medio de la sala, una jaula, dentro de la jaula un recipiente de comida para mascotas, en su tapa: agujero para la cabeza y las manos y puesto al lado, un pequeño látigo de color naranja. El límite de la sexualidad está en el consentimiento.

Valeria Alvarez Spiers (@valealsp)

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